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jueves, 4 de diciembre de 2014

Curación de dos ciegos


San Mateo 9,27-31

«Al irse Jesús de allí, dos ciegos Lo siguieron, gritando: "¡Hijo de David, ten misericordia de nosotros!" Después de entrar en la casa, se acercaron a El los ciegos, y Jesús les dijo: "¿Creen que puedo hacer esto?" "Sí, Señor," Le respondieron. 
Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Hágase en ustedes según su fe." Y se les abrieron los ojos. Y Jesús les advirtió rigurosamente: "Miren que nadie lo sepa." Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron Su fama por toda aquella tierra.» 
Palabra del Señor 
Gloria a Ti, Señor, Jesús

a) Es una estampa muy propia de Adviento la de los dos ciegos que están esperando, y cuando se enteran que viene Jesús, le siguen gritando: «ten compasión de nosotros, Hijo de David».

Dos ciegos que desean, buscan y piden a gritos su curación.

Tal vez no conocen bien a Jesús, ni saben qué clase de Mesías es. Pero le siguen y se encuentran con el auténtico Salvador, quedan curados y se marchan hablando a todos de Jesús.

Como tantas otras personas que a lo largo de la vida de Jesús encontraron en él el sentido de sus vidas.

Una vez más se demuestra la verdad de la gran afirmación: «yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas».

b) ¿Seguimos a ese Jesús como los ciegos suplicándole que nos ayude? ¿de qué ceguera nos tiene que salvar? Hay cegueras causadas por el odio, por el interés materialista de la vida, por la distracción, por la pasión, el egoísmo, el orgullo o la cortedad de miras. ¿No necesitamos de veras que Cristo toque nuestros ojos y nos ayude a ver y a distinguir lo que son valores y lo que son contravalores en nuestro mundo de hoy? ¿o preferimos seguir ciegos, permanecer en la oscuridad o en la penumbra, y caminar por la vida desorientados, sin profundizar en su sentido, manipulados por la última ideología de moda?

El Adviento nos invita a abrir los ojos, a esperar, a permanecer en búsqueda continua, a decir desde lo hondo de nuestro ser «ven, Señor Jesús», a dejarnos salvar y a salir al encuentro del verdadero Salvador, que es Cristo Jesús. Sea cual sea nuestra situación personal y comunitaria, Dios nos alarga su mano y nos invita a la esperanza, porque nos asegura que él está con nosotros.

La Iglesia peregrina hacia delante, hacia los tiempos definitivos, donde la salvación será plena. Por eso durante el Adviento se nos invita tanto a vivir en vigilancia y espera, exclamando «Marana tha», «Ven, Señor Jesús».

c) Señor, dame la gracia de mirar la vida con los ojos de la fe, para ver todo como venido de tu mano amorosa, tanto lo fácil como lo difícil. Dame una fe que transforme toda mi vida, sé que me amas y que mi misión es transmitir mi fe a los demás.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La fe del centurión

           

San Mateo 8,5-11

«Al entrar Jesús en Cafarnaúm, un capitán romano se le acercó para hacerle un ruego. Le dijo: 
—Señor, mi criado está en casa enfermo, paralizado y sufriendo terribles dolores.  
Jesús le respondió: 
—Iré a sanarlo.  
El capitán contestó: 
—Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; solamente da la orden, y mi criado quedará sano. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando le digo a uno de ellos que vaya, va; cuando le digo a otro que venga, viene; y cuando mando a mi criado que haga algo, lo hace.  
Jesús se quedó admirado al oír esto, y dijo a los que le seguían: 
—Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe como este hombre. Y les digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a comer con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»
Palabra del Señor
Gloria a Ti, Señor, Jesús

a) La curación del criado -o del hijo- del centurión por parte de Jesús, es un ejemplo de unas personas paganas que reciben la luz.

El centurión era pagano. No pertenecía al pueblo elegido. Más aún, era romano y militar: o sea, pertenecía a la nación que dominaba a Israel. Pero tenía buenas cualidades humanas. Era honrado, consecuente, razonable. Se preocupaba de la salud de su criado.

En el fondo, ya tenía fe y Dios estaba actuando en él. Su formación militar y disciplinar, aunque no era exactamente la mejor clave para interpretar el estilo de Jesús, se demostró que era un buen punto de partida para la salvación: «Señor, no soy digno», buena expresión de humildad y de confianza. Jesús le alaba por su actitud y su fe: encontró en él más fe que en muchos de Israel. Jesús siempre aprovecha las disposiciones que encuentra en las personas, aunque de momento sean defectuosas. Desde ahí las ayudará a madurar y llegar a lo que él quiere transmitirles en profundidad.

b) Hoy también, muchas personas, aunque nos parezcan alejadas, muestran como el centurión buenos sentimientos. Tienen buen corazón.

¿Sucederá también este año que esas personas tal vez respondan mejor a la salvación de Jesús que nosotros? ¿estarán más dispuestas a pedirle la salvación, porque sienten su necesidad, mientras que nosotros no la sentimos con la misma urgencia? ¿tendrá que decir otra vez Jesús que ha encontrado más fe en esas personas de peor fama pero mejores sentimientos que entre los cristianos «buenos»? ¿Vendrán de Oriente y Occidente -o sea, de ámbitos que nosotros no esperaríamos, porque estamos un poco encerrados en nuestros círculos oficialmente buenos- personas que celebrarán mejor la Navidad que nosotros? ¿O nos creemos ya santos, merecedores de los dones de Dios?

Cuando seamos hoy invitados a la comunión, podemos decir con la misma humilde confianza del centurión que no somos dignos de que Cristo Jesús venga a nuestra casa, y le pediremos que él mismo nos prepare para que su Cuerpo y su Sangre sean en verdad alimento de vida eterna para nosotros, y una Navidad anticipada.

c) Señor, yo tampoco soy digno de que entres en mi casa, por eso te suplico que este tiempo de adviento me disponga para tu venida. Quiero que encuentres en mí un alma vacía de apegos y de preocupaciones superficiales, que esté abierta a acogerte y a vivir conforme a tu voluntad. Amén. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Agunos piden una señal milagrosa


San Lucas 11,29-32


«La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles: 

La gente de este tiempo es malvada; pide una señal milagrosa, pero no va a dársele más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para la gente de Nínive, también el Hijo del hombre será una señal para la gente de este tiempo. 

En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es mayor que Salomón. También los de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se volvieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es mayor que Jonás.»

Palabra del Señor 

Gloria a Ti, Señor, Jesús 


a) A Jesús no le gustaba que le pidieran "signos" y milagros. Quería que le creyeran a él por su palabra, como enviado de Dios, no por las cosas maravillosas que pudiera hacer. Aunque también las hiciera.


Así se entiende que les diga que el único "signo" que les va a dar es el de Jonás, y luego añade también el ejemplo de la reina de Sabá, quejándose de la poca fe de sus contemporáneos.


Jonás fue un pobre profeta, que predicó en Nínive sin hacer ningún milagro: pero los ninivitas le creyeron y se convirtieron. Mientras que a Jesús, "uno que es más que Jonás", y que, además, ha hecho signos sorprendentes que ya debieran bastar para reconocerle como el Mesías de Dios, no le acaban de creer. Y lo mismo la reina de Sabá, que vino desde lejos a escuchar la sabiduría de Salomón, y Jesús "es más que Salomón".


El "signo de Jonás" no se refiere aquí -como pasa en Mateo 12,38-40- a la resurrección de Jesús al tercer día, igual que Jonás había estado tres días en el vientre del pez. Lucas pone a Jonás mismo, a su persona, como signo, sin milagros, apoyado sólo en la palabra de Dios. En su caso, con éxito. En el de Jesús, con muchas más dificultades. Y eso que los ninivitas eran paganos, y los que no creían en Jesús, judíos.


b) Los paganos sí supieron reconocer la voz de Dios en los signos de los tiempos. Y los del pueblo elegido, no. Una vez más resuena la queja con que empieza el evangelio de Juan: "vino a su casa y los suyos no le recibieron' (Jn 1,11).


Los judíos se distinguían por pedir milagros, mientras que los griegos buscaban sabiduría (cf. 1 Co 1,22). Puede quedar retratada aquí nuestra generación, cuyo afán de cosas espectaculares y sensacionales, apariciones y revelaciones, es también insaciable.


El signo mejor que nos ha concedido Dios es Cristo mismo, su persona, su palabra.


Pero, por otra parte, nos debemos sentir aludidos nosotros, los cristianos, los más cercanos a Jesús, que también podemos buscar excusas para no acabar de creer en él, como sus paisanos de Nazaret, que le pedían que hiciera milagros para creer en él (Lc 4). ¿Qué estamos exigiendo nosotros: una voz misteriosa, un signo claro y milagroso?


Jesús afirmaba que los verdaderos discípulos son los que "escuchan la Palabra y la ponen en práctica". Nosotros la escuchamos con frecuencia: pero ¿se puede decir que la ponemos en práctica a lo largo de la jornada? Si a Jonás le hicieron caso y a Salomón le vinieron a escuchar desde tan lejos, ¿no tendrán razones los ninivitas y la reina de Sabá para echarnos en cara nuestra falta de fe en el Maestro auténtico, Jesús?


¿Se puede decir que escuchamos la Palabra de Dios como María, la hermana de Marta, sentada serenamente a los pies de Jesús? ¿o como la otra María, la madre, que meditaba estas cosas en su corazón, y que adoptó como lema de su vida "hágase en mí según tu Palabra"?


c) Señor, todo está bajo tu dominio menos mi libertad, porque Tú respetas mi decisión de cumplir o no tu voluntad. Me has dado tu Palabra en el Evangelio, te me ofreces en la Eucaristía, para que tu presencia viva transforme todo mi ser. 

Haz, Jesús, que sepa apreciar estos dones y que aproveche todas las oportunidades, circunstancias y situaciones de mi vida para amarte más.

Señor, ayúdame a reconocer los signos de tu presencia en lo cotidiano de mi vida. Amén 


domingo, 21 de septiembre de 2014

La parábola de la lámpara


San Lucas 8,16-18


«Nadie enciende una lámpara para después taparla con algo o ponerla debajo de la cama, sino que la pone en alto, para que tengan luz los que entran. De la misma manera, no hay nada escondido que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse y ponerse en claro. Así pues, oigan bien, pues al que tiene se le dará más; pero al que no tiene, hasta lo que cree tener se le quitará.»

Palabra del Señor 

Gloria a Ti, Señor Jesús 


a) El sábado pasado leíamos la parábola de la semilla, la Palabra de Dios, que debería dar el ciento por uno de fruto si la escuchamos "con un corazón noble y generoso" y la guardamos.


Las breves enseñanzas de hoy son continuación de aquélla. Jesús quiere que seamos luz que ilumine a los demás: un candil no se enciende para esconderlo. No tiene que quedar oculto lo que la Palabra nos ha dicho: debe hacerse público. Si actuamos así, será verdad lo de que "al que tiene, se le dará", porque la Palabra multiplica sus frutos en nosotros. Y al revés, al que no le haga caso, "se le quitará hasta lo que cree tener" y quedará estéril.


b) Uno de los frutos mejores de la Palabra de Dios que escuchamos -por ejemplo en nuestra Eucaristía- es que se convierta en luz dentro de nosotros y también en luz hacia fuera.


Para eso la escuchamos: para que, evangelizados nosotros mismos, evangelicemos a los demás, o sea, anunciemos la Buena Noticia de la verdad y del amor de Dios. Lo que recibimos es para edificación de los demás, no para guardárnoslo. Como la semilla no está pensada para que se quede enterrada, sino para que germine y dé fruto.


Tenemos una cierta tendencia a privatizar la fe, mientras que Jesús nos invita a dar testimonio ante los demás. ¡Qué efecto evangelizador tiene el que un político, o un deportista, o un artista conocido no tengan ningún reparo en confesar su fe cristiana o su adhesión a los valores más profundos!


¿Iluminamos a los que viven con nosotros? ¿les hacemos más fácil el camino? No hace falta escribir libros o emprender obras muy solemnes. ¡Cuánta luz difunde a su alrededor aquella madre sacrificada, aquel amigo que sabe animar y también decir una palabra orientadora, aquella muchacha que está cuidando de su padre enfermo, aquel anciano que muestra paciencia y ayuda con su interés y sus consejos a los más jóvenes, aquel voluntario que sacrifica sus vacaciones para ayudar a los más pobres! No encienden una hoguera espectacular. Pero sí un candil, que sirve de luz piloto y hace la vida más soportable a los demás.


El día de nuestro Bautismo -y lo repetimos en la Vigilia Pascual cada año se encendió para cada uno de nosotros una vela, tomando la luz del Cirio pascual símbolo de Cristo. Es un gesto que nos recuerda nuestro compromiso, como bautizados, de dar testimonio de esa luz ante las personas que viven con nosotros.


El Vaticano II llamó a la Iglesia Lumen Gentium, luz de las naciones. Lo deberíamos ser en realidad, comunicando la luz y la alegría y la fuerza que recibimos de Dios, de modo que no queden ocultas por nuestra pereza o nuestro miedo. Jesús, que se llamó a sí mismo Luz del mundo, también nos dijo a sus seguidores: vosotros sois la luz del mundo. Somos Iglesia misionera, que multiplica los dones recibidos comunicándolos a cuantos más mejor.


c) Gracias Señor por haberme iluminado con tu Palabra. Ayúdame a ser como una antorcha ardiente que lleve luz a todos los andan extraviados sin encontrar aún que Tú eres el camino a la felicidad. Quiero ser luz, ayúdame a vivir siempre a tu lado. Amén 



martes, 6 de agosto de 2013

¡Mujer, qué grande es tu fe!


Mateo 15:21-28
"Jesús se dirigió de allí a la región de Tiro y Sidón. Y una mujer cananea, de aquella región, se le acercó, gritando:
—¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Mi hija tiene un demonio que la hace sufrir mucho! Jesús no le contestó nada.
Entonces sus discípulos se acercaron a él y le rogaron:
—Dile a esa mujer que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.
Jesús dijo:
—Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Pero la mujer fue a arrodillarse delante de él, diciendo:
—¡Señor, ayúdame!
Jesús le contestó:
—No está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros.
Ella le dijo:
—Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces le dijo Jesús:
—¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres. Y desde ese mismo momento su hija quedó sana."
______________
a) Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por primera vez fuera del territorio de Israel, a Tiro y Sidón, el actual Líbano.
Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.
Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero, hace ver que no ha oído. Luego, le pone unas dificultades que parecen duras: lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. Ella no parece interpretar tan negativas estas palabras y reacciona con humildad e insistencia. Hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».
b)La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por «un demonio muy malo», es sencilla y honda: «Ten compasión de mí, Señor» (en griego: Kyrie, eleison).
No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las «dificultades» que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano), en contraposición a los judíos, los de casa, a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera. La fe de esta mujer nos interpela a los que somos «de casa» y que, por eso mismo, a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás. Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.
J. Aldazabal
Enséñame tus caminos





miércoles, 9 de enero de 2013

Una guía católica sobre la depresión

Aaron Kheriaty estudió filosofía en la Universidad de Notre Dame y medicina en la de Georgetown. Ahora dirige el programa de médicos residentes del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de California, en Irvine. Tanto su formación como sus años de experiencia clínica le han llevado a pensar que la mejor forma de tratar la compleja enfermedad de la depresión es desde diversas perspectivas.

En The Catholic Guide to Depression, Kheriaty aspira a ofrecer un enfoque que integre tanto los hallazgos de la medicina como las aportaciones de la antropología y la luz de la fe. A esta tarea le ha ayudado el sacerdote John Cihak, de la archidiócesis de Portland (Oregon).

A lo largo de sus vidas, los dos han ayudado a creyentes con depresión. Y los dos tienen muy claro que sus tareas son complementarias. Ni la religión ni la psiquiatría pueden ni deben intentar sustituir el trabajo que cada una de ellas realiza.

El problema, dice Kheriaty en una entrevista concedida a The Catholic World Report, es que en algunos momentos de la historia “algunos psiquiatras se han atrevido a ir más lejos de lo que la ciencia médica puede legítimamente afirmar, y han presentado sus conclusiones antirreligiosas en nombre de la psiquiatría o las han disfrazado bajo la bandera de la ciencia”.

“La realidad es que cada vez hay más pruebas procedentes de investigaciones médicas y científicas de que, para la mayoría de la gente, las prácticas religiosas y espirituales (como la oración meditativa, la asistencia regular a la iglesia, la participación en ceremonias comunitarias...) tienen precisamente efectos positivos en la salud psíquica y mental, lo que incluye reducir el riesgo de depresión y ayudar a los pacientes a recuperarse más rápidamente de episodios depresivos”.

La fe, una ayuda

Aunque los factores desencadenantes de esta enfermedad son muy variados (biológicos, predisposiciones genéticas, problemas familiares, experiencias traumáticas...) y exigen de un tratamiento psiquiátrico específico, Kheriaty y Cihak sostienen que “la vida espiritual es fundamental para prevenir o recuperarse de una depresión”. Esta no solo afecta al cuerpo, sino también al alma. Por eso, dicen, saberse amado por un Dios cercano que acompaña y sostiene –aunque no se sienta su cercanía en esos momentos– puede ser una fuente de paz y de serenidad.

Además, la fe aporta un sentido a los sufrimientos que acompañan a la depresión: lejos de ser inútiles, el creyente sabe que pueden tener un valor redentor cuando se unen al sacrificio de la Cruz de Cristo. En la misma línea, los autores salen al paso (y tranquilizan) a aquellos creyentes que pueden sentirse inclinados a pensar que la depresión es un signo de fracaso espiritual o una muestra de falta de fe.

Para los católicos, el libro de Kheriaty y Cihak también es útil porque aclara las diferencias entre la depresión y diversos estados de la mente y el alma como la culpabilidad, la pereza espiritual o las llamadas “noches oscuras de alma”. También en estos casos, la colaboración entre sacerdotes y psiquiatras puede servir para discernir estos estados que en ocasiones pueden aparecer juntos.

Tomado de Aceprensa
http://www.aceprensa.com/m/articles/una-guia-catolica-sobre-la-depresion/


lunes, 24 de enero de 2011

Lectura orante de Marcos 7, 24-30

Te ofrezco la primera lectura orante en el blog "Palabra y valores". Comenzamos por el texto que próximamente haré con mi comunidad, así te hacemos partícipes de nuestra experiencia parroquial.


Invocamos, antes de iniciar la lectura, al Espíritu Santo para que nos ayude a interiorizar y profundizar en su Palabra. Él fue quien la inspiró. Roguémosle que nos ayude a comprenderla y a vivirla.

Lectura (¿Qué dice el texto?): Leemos el texto con pausa y atención, con la intención de escuchar al Señor que nos habla a través de su Palabra.

(24) “Jesús decidió irse hacia las tierras de Tiro. Entró en una casa, y su intención era que nadie lo supiera, pero no logró pasar inadvertido.  (25)  Una mujer, cuya hija estaba en poder de un espíritu malo, se enteró de su venida y fue en seguida a arrodillarse a sus pies.  (26)  Esta mujer era de habla griega y de raza sirofenicia, y pidió a Jesús que echara al demonio de su hija.  (27)  Jesús le dijo: "Espera que se sacien los hijos primero, pues no está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perritos.  (28)  Pero ella le respondió: "Señor, los perritos bajo la mesa comen las migajas que dejan caer los hijos.  (29)  Entonces Jesús le dijo: "Puedes irte; por lo que has dicho el demonio ya ha salido de tu hija.  (30)  Cuando la mujer llegó a su casa, encontró a la niña acostada en la cama; el demonio se había ido”

Algunas ideas que te pueden ayudar a entender mejor el texto:

Ubiquemos el pasaje: Jesús está en “las tierras de Tiro”, o sea, no se encuentra en su tierra. Está en tierra extranjera. Esta ubicación no es secundaria. Después del problema del legalismo judío parece como si el evangelista quisiera orientar la mirada de sus lectores hacia el mundo pagano. De hecho con este episodio comienza Jesús una larga correría apostólica, incluso en tierras extranjeras.

El Señor “entró en una casa” para ocultarse, pero no le fue posible. Jesús no busca las acciones brillantes. Siempre el secreto mesiánico, resaltado en varias ocasiones por el evangelista Marcos. La obra de Dios es una labor escondida, que no hace ruido... ni busca hacerlo.

El encuentro de Jesús con una mujer extranjera y de otra religión es también significativo. El Señor supera las fronteras del territorio nacional y acoge a una mujer extranjera que no pertenece al pueblo y con la que estaba prohibido conversar. Estas iniciativas de Jesús, nacidas de su experiencia de Dios como Padre, eran extrañas para la mentalidad de la gente de la época. Jesús ayuda a la gente a abrir su manera de experimentar a Dios en la vida.

La buena mujer se le acerca con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por el demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perritos), pero que a la mujer no parecen desanimarla. A Jesús le gusta su respuesta sobre los perritos que también comen las migajas de la casa y le concede lo que pide. Lo que puede la súplica de una madre. La de esta mujer la podemos considerar un modelo de oración humilde y confiada.

A los contemporáneos de Jesús el episodio les muestra claramente que la salvación mesiánica no es exclusiva del pueblo judío, sino que también los extranjeros pueden ser admitidos a ella, si tienen fe. No es la raza lo que cuenta, sino la disposición de cada persona ante la salvación que Dios ofrece.

Lo que Jesús dice de que primero son los hijos de la casa es razonable: la promesa mesiánica es ante todo para el pueblo de Israel. También Pablo, cuando iba de ciudad en ciudad, primero acudía a la sinagoga a anunciar la buena nueva a los judíos. Sólo después pasaba a los paganos.

Para nosotros también es una lección de universalismo. No tenemos monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación. También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no pertenecen a nuestro círculo.

Igual que la primera comunidad apostólica tuvieron sus dudas sobre la apertura a los paganos, a pesar de estos ejemplos diáfanos por parte de Jesús, también nosotros a veces tenemos la mente o el corazón pequeños, y nos encerramos en nuestros puntos de vista, cuando no en nuestros privilegios y tradiciones, para negar a otros el pan y la sal, para no reconocer que también otros pueden tener una parte de razón y sabiduría.

Deberíamos corregir nuestra pequeñez de corazón en el ámbito familiar (por ejemplo en las relaciones de los jóvenes con los mayores), en el trato social (los de otra cultura y lengua), en el terreno religioso (sin discriminaciones de ningún tipo).

Para tu meditación (¿Qué me dice a mí el texto?): Estas preguntas te pueden ayudar ahora a  interiorizar la Palabra. Es hacer una revisión de tu vida a la luz de lo que leíste, con ayuda de la ideas o sin ellas.

¿Mi oración es sencilla como la de mujer sirofenicia? Ante mis dificultades y problemas, ¿confío en el Señor? ¿Acudo a Él con la confianza y la humildad que hoy me muestra en su Palabra? ¿Ruego al Señor pidiendo por los demás, especialmente por mi familia, como la hacía la mujer?

Para tu oración (¿Qué me hace decirle al Señor el texto?): Después que le ocupamos unos minutos a la meditación e interiorización de la Palabra, ahora es hora de invocar, suplicar y agradecer al Señor por su Palabra. La idea en este momento es que, usando las cosas que Jesús te haya inspirado o te haya hecho pensar, formules una oración espontánea y libre. En ella puedes pedir o suplicar, puedes dar gracias, puedes solicitar perdón al Señor o simplemente alabarle.

Te puede servir esta oración o cualquier otra que nazca de tu corazón: “Señor, enséñame a ser católico (universal).  A estar abierto a las necesidades de mis hermanos y no cerrarme a particularismos que me impiden ser como tú. Jesús, humildemente, reconociendo mis miserias, mis limitaciones, te suplico por……. (coloca tus intenciones). Escucha atentamente mis oraciones, pues confío plenamente en ti, Señor. Perdóname, por la veces que he sido egoísta y excluyente. Te doy gracias, Jesús, por tu Palabra de hoy y por las gracias que me has inspirado” Amén.

Finalmente, contempla la escena…Imagínate siendo la mujer sirofenicia, suplicando por tus necesidades. Haz un propósito a la luz de esta Palabra. Quizá la ser más misionero, como Jesús y la estar abierto a las necesidades de los demás en esta semana.

Próximamente, en los comentarios a esta entrada del blog, agregaré alguna otra idea que me surja a mí o cualquiera de mis hermanos de la comunidad parroquial con quienes practicaré esta Lectura Orante.