jueves, 4 de diciembre de 2014
Curación de dos ciegos
lunes, 1 de diciembre de 2014
La fe del centurión
domingo, 12 de octubre de 2014
Agunos piden una señal milagrosa
San Lucas 11,29-32
«La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
La gente de este tiempo es malvada; pide una señal milagrosa, pero no va a dársele más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para la gente de Nínive, también el Hijo del hombre será una señal para la gente de este tiempo.
En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es mayor que Salomón. También los de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se volvieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es mayor que Jonás.»
Palabra del Señor
Gloria a Ti, Señor, Jesús
a) A Jesús no le gustaba que le pidieran "signos" y milagros. Quería que le creyeran a él por su palabra, como enviado de Dios, no por las cosas maravillosas que pudiera hacer. Aunque también las hiciera.
Así se entiende que les diga que el único "signo" que les va a dar es el de Jonás, y luego añade también el ejemplo de la reina de Sabá, quejándose de la poca fe de sus contemporáneos.
Jonás fue un pobre profeta, que predicó en Nínive sin hacer ningún milagro: pero los ninivitas le creyeron y se convirtieron. Mientras que a Jesús, "uno que es más que Jonás", y que, además, ha hecho signos sorprendentes que ya debieran bastar para reconocerle como el Mesías de Dios, no le acaban de creer. Y lo mismo la reina de Sabá, que vino desde lejos a escuchar la sabiduría de Salomón, y Jesús "es más que Salomón".
El "signo de Jonás" no se refiere aquí -como pasa en Mateo 12,38-40- a la resurrección de Jesús al tercer día, igual que Jonás había estado tres días en el vientre del pez. Lucas pone a Jonás mismo, a su persona, como signo, sin milagros, apoyado sólo en la palabra de Dios. En su caso, con éxito. En el de Jesús, con muchas más dificultades. Y eso que los ninivitas eran paganos, y los que no creían en Jesús, judíos.
b) Los paganos sí supieron reconocer la voz de Dios en los signos de los tiempos. Y los del pueblo elegido, no. Una vez más resuena la queja con que empieza el evangelio de Juan: "vino a su casa y los suyos no le recibieron' (Jn 1,11).
Los judíos se distinguían por pedir milagros, mientras que los griegos buscaban sabiduría (cf. 1 Co 1,22). Puede quedar retratada aquí nuestra generación, cuyo afán de cosas espectaculares y sensacionales, apariciones y revelaciones, es también insaciable.
El signo mejor que nos ha concedido Dios es Cristo mismo, su persona, su palabra.
Pero, por otra parte, nos debemos sentir aludidos nosotros, los cristianos, los más cercanos a Jesús, que también podemos buscar excusas para no acabar de creer en él, como sus paisanos de Nazaret, que le pedían que hiciera milagros para creer en él (Lc 4). ¿Qué estamos exigiendo nosotros: una voz misteriosa, un signo claro y milagroso?
Jesús afirmaba que los verdaderos discípulos son los que "escuchan la Palabra y la ponen en práctica". Nosotros la escuchamos con frecuencia: pero ¿se puede decir que la ponemos en práctica a lo largo de la jornada? Si a Jonás le hicieron caso y a Salomón le vinieron a escuchar desde tan lejos, ¿no tendrán razones los ninivitas y la reina de Sabá para echarnos en cara nuestra falta de fe en el Maestro auténtico, Jesús?
¿Se puede decir que escuchamos la Palabra de Dios como María, la hermana de Marta, sentada serenamente a los pies de Jesús? ¿o como la otra María, la madre, que meditaba estas cosas en su corazón, y que adoptó como lema de su vida "hágase en mí según tu Palabra"?
c) Señor, todo está bajo tu dominio menos mi libertad, porque Tú respetas mi decisión de cumplir o no tu voluntad. Me has dado tu Palabra en el Evangelio, te me ofreces en la Eucaristía, para que tu presencia viva transforme todo mi ser.
Haz, Jesús, que sepa apreciar estos dones y que aproveche todas las oportunidades, circunstancias y situaciones de mi vida para amarte más.
Señor, ayúdame a reconocer los signos de tu presencia en lo cotidiano de mi vida. Amén
domingo, 21 de septiembre de 2014
La parábola de la lámpara
San Lucas 8,16-18
«Nadie enciende una lámpara para después taparla con algo o ponerla debajo de la cama, sino que la pone en alto, para que tengan luz los que entran. De la misma manera, no hay nada escondido que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse y ponerse en claro. Así pues, oigan bien, pues al que tiene se le dará más; pero al que no tiene, hasta lo que cree tener se le quitará.»
Palabra del Señor
Gloria a Ti, Señor Jesús
a) El sábado pasado leíamos la parábola de la semilla, la Palabra de Dios, que debería dar el ciento por uno de fruto si la escuchamos "con un corazón noble y generoso" y la guardamos.
Las breves enseñanzas de hoy son continuación de aquélla. Jesús quiere que seamos luz que ilumine a los demás: un candil no se enciende para esconderlo. No tiene que quedar oculto lo que la Palabra nos ha dicho: debe hacerse público. Si actuamos así, será verdad lo de que "al que tiene, se le dará", porque la Palabra multiplica sus frutos en nosotros. Y al revés, al que no le haga caso, "se le quitará hasta lo que cree tener" y quedará estéril.
b) Uno de los frutos mejores de la Palabra de Dios que escuchamos -por ejemplo en nuestra Eucaristía- es que se convierta en luz dentro de nosotros y también en luz hacia fuera.
Para eso la escuchamos: para que, evangelizados nosotros mismos, evangelicemos a los demás, o sea, anunciemos la Buena Noticia de la verdad y del amor de Dios. Lo que recibimos es para edificación de los demás, no para guardárnoslo. Como la semilla no está pensada para que se quede enterrada, sino para que germine y dé fruto.
Tenemos una cierta tendencia a privatizar la fe, mientras que Jesús nos invita a dar testimonio ante los demás. ¡Qué efecto evangelizador tiene el que un político, o un deportista, o un artista conocido no tengan ningún reparo en confesar su fe cristiana o su adhesión a los valores más profundos!
¿Iluminamos a los que viven con nosotros? ¿les hacemos más fácil el camino? No hace falta escribir libros o emprender obras muy solemnes. ¡Cuánta luz difunde a su alrededor aquella madre sacrificada, aquel amigo que sabe animar y también decir una palabra orientadora, aquella muchacha que está cuidando de su padre enfermo, aquel anciano que muestra paciencia y ayuda con su interés y sus consejos a los más jóvenes, aquel voluntario que sacrifica sus vacaciones para ayudar a los más pobres! No encienden una hoguera espectacular. Pero sí un candil, que sirve de luz piloto y hace la vida más soportable a los demás.
El día de nuestro Bautismo -y lo repetimos en la Vigilia Pascual cada año se encendió para cada uno de nosotros una vela, tomando la luz del Cirio pascual símbolo de Cristo. Es un gesto que nos recuerda nuestro compromiso, como bautizados, de dar testimonio de esa luz ante las personas que viven con nosotros.
El Vaticano II llamó a la Iglesia Lumen Gentium, luz de las naciones. Lo deberíamos ser en realidad, comunicando la luz y la alegría y la fuerza que recibimos de Dios, de modo que no queden ocultas por nuestra pereza o nuestro miedo. Jesús, que se llamó a sí mismo Luz del mundo, también nos dijo a sus seguidores: vosotros sois la luz del mundo. Somos Iglesia misionera, que multiplica los dones recibidos comunicándolos a cuantos más mejor.
c) Gracias Señor por haberme iluminado con tu Palabra. Ayúdame a ser como una antorcha ardiente que lleve luz a todos los andan extraviados sin encontrar aún que Tú eres el camino a la felicidad. Quiero ser luz, ayúdame a vivir siempre a tu lado. Amén
martes, 6 de agosto de 2013
¡Mujer, qué grande es tu fe!
miércoles, 9 de enero de 2013
Una guía católica sobre la depresión
En The Catholic Guide to Depression, Kheriaty aspira a ofrecer un enfoque que integre tanto los hallazgos de la medicina como las aportaciones de la antropología y la luz de la fe. A esta tarea le ha ayudado el sacerdote John Cihak, de la archidiócesis de Portland (Oregon).
A lo largo de sus vidas, los dos han ayudado a creyentes con depresión. Y los dos tienen muy claro que sus tareas son complementarias. Ni la religión ni la psiquiatría pueden ni deben intentar sustituir el trabajo que cada una de ellas realiza.
El problema, dice Kheriaty en una entrevista concedida a The Catholic World Report, es que en algunos momentos de la historia “algunos psiquiatras se han atrevido a ir más lejos de lo que la ciencia médica puede legítimamente afirmar, y han presentado sus conclusiones antirreligiosas en nombre de la psiquiatría o las han disfrazado bajo la bandera de la ciencia”.
“La realidad es que cada vez hay más pruebas procedentes de investigaciones médicas y científicas de que, para la mayoría de la gente, las prácticas religiosas y espirituales (como la oración meditativa, la asistencia regular a la iglesia, la participación en ceremonias comunitarias...) tienen precisamente efectos positivos en la salud psíquica y mental, lo que incluye reducir el riesgo de depresión y ayudar a los pacientes a recuperarse más rápidamente de episodios depresivos”.
La fe, una ayuda
Aunque los factores desencadenantes de esta enfermedad son muy variados (biológicos, predisposiciones genéticas, problemas familiares, experiencias traumáticas...) y exigen de un tratamiento psiquiátrico específico, Kheriaty y Cihak sostienen que “la vida espiritual es fundamental para prevenir o recuperarse de una depresión”. Esta no solo afecta al cuerpo, sino también al alma. Por eso, dicen, saberse amado por un Dios cercano que acompaña y sostiene –aunque no se sienta su cercanía en esos momentos– puede ser una fuente de paz y de serenidad.
Además, la fe aporta un sentido a los sufrimientos que acompañan a la depresión: lejos de ser inútiles, el creyente sabe que pueden tener un valor redentor cuando se unen al sacrificio de la Cruz de Cristo. En la misma línea, los autores salen al paso (y tranquilizan) a aquellos creyentes que pueden sentirse inclinados a pensar que la depresión es un signo de fracaso espiritual o una muestra de falta de fe.
Para los católicos, el libro de Kheriaty y Cihak también es útil porque aclara las diferencias entre la depresión y diversos estados de la mente y el alma como la culpabilidad, la pereza espiritual o las llamadas “noches oscuras de alma”. También en estos casos, la colaboración entre sacerdotes y psiquiatras puede servir para discernir estos estados que en ocasiones pueden aparecer juntos.
Tomado de Aceprensa
http://www.aceprensa.com/m/articles/una-guia-catolica-sobre-la-depresion/






