miércoles, 17 de septiembre de 2014

El fariseo y la mujer pecadora


San Lucas 7,36-50


«Un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró en casa del fariseo y se reclinó en el sofá para comer. En aquel pueblo había una mujer conocida como una pecadora; al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de él, a sus pies, y se puso a llorar. Sus lágrimas empezaron a regar los pies de Jesús y ella trató de secarlos con su cabello. Luego le besaba los pies y derramaba sobre ellos el perfume. 

Al ver esto el fariseo que lo había invitado, se dijo interiormente: "Si este hombre fuera profeta, sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora, conocería a la mujer y lo que vale." 

Pero Jesús, tomando la palabra, le dijo: "Simón, tengo algo que decirte." Simón contestó: "Habla, Maestro." Y Jesús le dijo: "Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientas monedas y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de los dos lo querrá más?" 

Simón le contestó: "Pienso que aquel a quien le perdonó más." Y Jesús le dijo: "Has juzgado bien." Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me has recibido con un beso, pero ella, desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies de besos. Tú no me ungiste la cabeza con aceite; ella, en cambio, ha derramado perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado. En cambio aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor." 

Jesús dijo después a la mujer: "Tus pecados te quedan perdonados". Y los que estaban con él a la mesa empezaron a pensar: "¿Así que ahora pretende perdonar pecados?" Pero de nuevo Jesús se dirigió a la mujer: "Tu fe te ha salvado, vete en paz."»

Palabra del Señor

Gloria a Ti, Señor, Jesús


a) La escena la cuenta Lucas con elegancia y detalles muy significativos. ¡Qué contraste entre el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús a comer, y aquella mujer pecadora que nadie sabe cómo ha logrado entrar en la fiesta y colma a Jesús de signos de afecto!


Desde luego, perdonar a una mujer pecadora precisamente en casa de un fariseo que le ha invitado, es un poco provocativo. No es raro que se escandalizaran los presentes, o porque Jesús no conocía qué clase de mujer era aquella, o que no reaccionaba ante sus gestos, que resultaban cuando menos un poco ambiguos. 


Pero Jesús quería trasmitir un mensaje básico en su predicación: la importancia del amor y del perdón. El argumento parece fluctuar en dos direcciones. Tanto se puede decir que se le perdona porque ha amado (“sus pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”), como que ha amado porque se le ha perdonado (“amará más aquél a quien s ele perdonó más”). Probablemente aquella mujer ya había experimentado el perdón de Jesús en otro momento, y por ello le manifestaba su gratitud de esa manera tan efusiva. 


b) La escena nos hace repensar nuestra conducta con los que consideramos “pecadores”. ¿Cómo los tratamos: dándoles ánimos o hundiéndoles más?


Podemos actuar con corazón mezquino, como los fariseos que juzgan y condenan a todos, o como el hermano mayor del hijo pródigo que le recrimina de una manera intransigente lo que ha hecho, o como Simón y los otros convidados, que no deben ser malas personas (han invitado a Jesús a comer), pero no saben ser benévolos y amar. O podemos portarnos como el padre del hijo pródigo, y sobre todo como el mismo Jesús, que perdona a la mujer adúltera que le presentan, y a Zaqueo el publicano, y tiene palabras de ánimo para esta mujer que ha entrado en la sala del banquete y le unge los pies. 


¿Dónde quedamos retratados, en los fariseos o en Jesús? No se trata que lo aprobemos todo. Como Jesús no aprobaba el pecado y el mal. Sino de imitar su actitud de respeto y tolerancia. Con nuestra acogida humana, podemos ayudar a tantas personas –drogadictos, delincuentes, marginados de toda especie- a rehabilitarse, haciéndoles fácil el camino de la esperanza. Con nuestro rechazo justiciero les podemos quitar los pocos ánimos que tengan. 


Claro que, para ser benévolos en nuestros juicios con los demás, antes tendremos que ser conscientes de que Dios ha empleado misericordia con nosotros. Se nos ha perdonado mucho a nosotros y por tanto deberíamos ser más tolerantes con los demás, sin constituirnos en jueces prestos siempre a criticar y a condenar. 


Dios es rico en misericordia, Lo ha demostrado en Cristo Jesús. Y lo quiere seguir mostrando también a través de nosotros. 


c) Gracias Señor porque así como entraste en la casa de los fariseos y te sentaste a la mesa con los pecadores, también has querido entrar en mi casa y comer conmigo, has querido compartir lo más sencillo y lo más íntimo, has querido compartir todo conmigo. Te pido que yo aprenda también a ser misericordioso con los demás y que no juzgue nunca a nadie. Señor, que pueda reconocer siempre tu presencia cercana y amorosa, que pueda reconocer en todo momento tu voz que me invita a la santidad y la misericordia con los hermanos, y escuchándola que pueda responder a tu palabra con mucha coherencia y radicalidad. Amén.



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